Adentrándonos en la Palabra

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III Domingo de Pascua

En esta mañana de “desayuno” con Jesús resucitado estamos invitados a encontrar lugar para todos en la mesa, a hacer el esfuerzo de no romper la comunión, y a intentar vivir un vínculo de fraternidad entre nosotros (no solo de amistad) para poder aceptar de los otros el cuidado, la protección y el acompañamiento en nuestra vida.

Hechos de los Apóstoles 5,27b-32.40b-41, Salmo 29, Apocalipsis 5,11-14 y Juan 21,1-19.

En este tercer domingo de pascua, Jesús nuevamente se aparece resucitado a sus compañeros de camino, no ya a las mujeres como habíamos reflexionado la noche de la vigilia pascual, o el domingo pasado a los 12, sino que en este texto el Señor se encuentra con 7 de sus discípulos. Es de destacar el número que el evangelista enumera con mucho cuidado, Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos. Si el número 12 representa a las tribus de Israel, el 7 hace referencia a todas las “Naciones”, por lo tanto a la humanidad entera. Este encuentro quiere denotar una mirada universal. Es así que no solo hace hincapié en el cambio del 12 al 7 sino que, si prestamos un poco más de atención, los peces que se encuentran en la red son 153. Dice San Jerónimo que en la época de Jesús se habían llegado a catalogar 153 especies de peces. Con esta alusión se indica la plenitud y la variedad de la pesca evangélica, anticipo del resultado final de la misión de la comunidad. La red, repleta de peces, es el símbolo de la comunidad misionera, que ha nacido como fruto del encuentro con el resucitado, y que nos invita a encontrar un lugar para todos. La humanidad entera es destinataria del mensaje de la salvación.

La primera clave que quisiéramos compartir con ustedes es aquella de por qué llamamos a este texto del evangelio, además de “el desayuno con Jesús resucitado”, la pesca milagrosa en Juan. El relato registra que “aquella noche no pescaron nada”. Sabemos que pescar por la mañana –de sobra lo conoce Pedro y sus compañeros– es tarea que lleva a un fracaso. Sin embargo, en esa mañana, siguiendo la orden del Señor realizan una pesca asombrosa. ¡Imposible una pesca así y menos a esa hora! ¡Lo que es increíble para la lógica humana y para nuestras pequeñas fuerzas, para el Señor es posible!

Este es el mensaje que Pedro quiere darle al sumo sacerdote en la primera lectura: ustedes lo mataron, pero Dios trastocó la historia, lo resucitó y lo exaltó… y de eso ¡somos testigos! Es como decir, podemos dar crédito del obrar de Dios. También es el testimonio de Juan en el libro del Apocalipsis. El tiene que motivar a la esperanza a su comunidad perseguida, llena de incertidumbre, y les dice que el Cordero degollado ya está en la gloria, pero no porque se lo hayan contado, sino porque él mismo fue testigo de eso.

Otra clave reveladora del evangelio de este domingo es el verbo que se usa para describir que la red. A pesar de tener lugar para todos peces la red nunca se “rompió-rasgó”. Recordemos la extraña secuencia: “Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes… Y, aunque eran tantos, la red no se rompió”. Sorprende la no ruptura de la red, que también al mismo evangelista asombra, ya que anota “aunque eran tantos, no se rompió”. Se utiliza el mismo verbo que aparece en la escena del despojo de las vestiduras de Jesús en la cruz. Van a desgarrar la túnica en cuatro partes. Una parte para cada soldado. Los soldados, al ver que era de una sola pieza, afirman: “No la rasguemos” (19,24). Y respetan su integridad. No la rasgan.

Este capítulo del evangelio de Juan es eminentemente eclesial y comunitario, ya que refiere a la situación de la comunidad de discípulos tras la muerte de Jesús. La imagen de la red es signo de toda comunidad que se reúne en torno a Jesús. La red, repleta hasta casi reventar por la inmensa cantidad y variedad de tantos peces, no se “rompe”. En la Iglesia, en toda comunidad cristiana, cabemos todos. En sus redes ya no hay buenos ni malos. La red no debe romperse, la túnica de Jesús, tampoco. Ambos símbolos son una invitación a que la comunidad no se desgarre ni se rompa ante ninguna situación, sea de cruz o de comida fraterna. Dicho de otro modo, “¡no rompamos nunca la comunión!”.

Por último, quisiéramos proponerles que centremos la mirada en el último diálogo que aparece en el evangelio, el que tienen Jesús y Pedro en las orillas del mar de Galilea, recordando las tres preguntas que tejen esta conversación. Jesús por tres veces le pregunta a Pedro “si lo ama”, en una de ellas especifica “más que a estos”, es decir a la comunidad; el texto en griego usa dos palabras distintas para las preguntas y las respuestas; por un lado Jesús pregunta si lo ama, utilizando la palabra ἀγαπάω que significa un amor en donde entra en juego no solo las emociones, sino el compromiso de la voluntad por la fraternidad, y Pedro siempre le responde con el verbo φιλέω, que traducimos por “te quiero”, que implica principalmente un amor de amistad, un vínculo de reciprocidad entre dos. Pareciera ser que Jesús resucitado le está pidiendo al animador de la comunidad que sustente su misión no solo en una amistad, sino en una fraternidad que involucra a todos. Por otro lado, es muy sugerente las palabras que utiliza, en este proceso de diálogo, para la misión de Pedro; en la primera y en la última, βόσκω, habla solamente de cuidado y protección del rebaño, nosotros lo traducimos por “apacienta mis ovejas”; en cambio en la parte central del diálogo, el resucitado lo invita a ποιμαίνω, que significa no solo cuidar, proteger y alimentar, sino también guiar al grupo.

En esta mañana de “desayuno” con Jesús resucitado estamos invitados a encontrar lugar para todos en la mesa, a hacer el esfuerzo de no romper la comunión, y a intentar vivir un vínculo de fraternidad entre nosotros (no solo de amistad) para poder aceptar de los otros el cuidado, la protección y el acompañamiento en nuestra vida.