Adentrándonos en la Palabra

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Domingo 11 de abril de 2021

II Domingo de Pascua

El origen divino del amor hacia los hermanos es distinto de las meras simpatías; sólo es posible la auténtica caridad fraterna en el amor a Dios cuando éste se encarna en un comportamiento ético, es decir, tomando partido por todo aquello que nos hace bien, le hace bien a nuestros hermanos y a nuestra casa común.

Hechos 4,32-35; Salmo 117; 1 Juan 5,1-6; Juan 20,19-31.

Los textos de este segundo domingo de Pascua nos ponen en camino a descubrir a Jesús resucitado en el amor concreto a los hermanos. Quisiera traer a la memoria una expresión del Papa Francisco que nos puede ayudar a profundizar hoy esta Palabra, “Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos”[1]… si tenemos fe en el Resucitado, el amor hacia nuestros hermanos, y entre ellos los más invisibilizados, debe ser un compromiso ético irrenunciable.

En la naciente comunidad cristiana de Jerusalén, Lucas describe el estrecho lazo que unía a sus miembros. Para esto recurre a una fórmula griega utilizada para describir la amistad: tener los bienes en común es vivir teniendo una sola alma y un solo corazón. Por lo tanto, se trata de una comunión “afectiva” que se expresa en una comunión “efectiva”, la comunión de bienes. Ya en el versículo 33 esta descripción pasa a resaltar el valiente testimonio de los Apóstoles acerca de la Resurrección del Señor, así quedan vinculados los dos elementos: la predicación apostólica y el testimonio de vida nueva de la comunidad unida, afectiva y efectivamente.

En la primera carta de Juan hay también un estrecho vínculo entre la fe y el amor. Por la fe nacemos de Dios y por el amor recibido de Dios (ágape) amamos a los hermanos y demostramos así la veracidad de nuestro nacimiento, de nuestra condición de hijos de Dios. El origen divino del amor hacia los hermanos es distinto de las meras simpatías; sólo es posible la auténtica caridad fraterna en el amor a Dios cuando éste se encarna en un comportamiento ético, en el cumplimiento de los mandamientos, que se verifica en la actitud que tenemos frente a las “cosas de este mundo”, tomando partido por todo aquello que nos hace bien, le hace bien a nuestros hermanos y a nuestra casa común.

Ya en el evangelio nos encontramos con dos apariciones del Resucitado: una el mismo día de la resurrección con la ausencia de Tomás, uno de los once, y la segunda, ocho días más tarde, con la presencia del grupo completo, incluido Tomás. Estas apariciones tienen lugar «el primer día de la semana», que es nuestro domingo, día del Señor, y que desde la época apostólica es entonces el día de la reunión de los cristianos.

Es de resaltar algunos puntos de este texto. Primero, la expresión “la paz esté con ustedes”; en el texto griego no tiene verbo por lo tanto se debería decir “paz con ustedes”, afirmando que la paz ya está presente entre los discípulos a causa de la presencia del Resucitado en la comunidad; lo único que se debe hacer es reconocerla y proclamarla.

Luego, Jesús muestra sus heridas para probarles que es el Crucificado que ha Resucitado, que es él mismo el que está en medio permitiéndoles vivir esa paz con Dios y entre los hermanos. La tercera clave importante del texto es que después les dona el Espíritu Santo, comunicándoles el poder perdonar o retener los pecados y, de este modo, son ellos ahora transmisores de la vida nueva. Queda claro entonces que la paz es fruto del perdón de los pecados obtenido por Cristo con el don de su vida en la cruz y que se recibe actualizado por el don del Espíritu Santo.

Por último, los discípulos han visto al Señor y han creído; pero Tomás no cree en su testimonio. Tomás quiere verificar el testimonio de sus compañeros comprobando con sus propios ojos que el que se les apareció es en verdad el Crucificado que ha Resucitado. Es por eso que el Señor se le aparece con los mismos signos de su crucifixión y le reprocha a Tomás su incredulidad. La respuesta de Tomás es grandiosa por cuanto pronuncia la profesión de fe más elevada del NT, pues le aplica a Jesús los títulos que el Antiguo Testamento reservaba para Dios: Yahvé y Elohim, “Señor mío y Dios mío”, junto con una declaración de una adhesión personal de fe y de amor a Jesús a través del posesivo “mío”.

[1] Evangelii Gaudium, Nº 48

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