Adentrándonos en la Palabra

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Domingo 24 de Mayo 2020

Ascensión del Señor – Ciclo A

Fiesta de la esperanza y del compromiso misionero

Proclamemos el Sal 46 no solo como promesa, sino como cumplimiento: Dios asciende a los cielos, pero continua conduciendo la historia porque nosotros somos sus testigos, testigos de su acción salvadora, hasta los confines de la tierra… para esto Dios tiene que estar en nuestra vida como testimonio de su acción. ¡Asumamos pues nuestra misión!

Hechos de los apóstoles 1,1-11; Salmo 46, Efesios 1,17-23, Mateo 28,16-20.

En algún momento de la vida, antes o después, hay algunas preguntas que seguramente nos hacemos: ¿Cuál es el fin o término de mi vida? ¿Es la muerte lo último y definitivo que nos espera? ¿Hay vida después de la muerte? ¿De qué vida se trata? Preguntas inquietantes, sin lugar a dudas, pero que necesitan ser respondidas para poder vivir una vida auténtica, sin engañarnos a nosotros mismos. Y también porque de las respuestas a estas preguntas depende, en parte, la orientación que le demos a nuestra vida hoy. Jesús, con su muerte, resurrección y ascensión a los cielos nos da la respuesta a estas preguntas porque lo que Él ha vivido es un anticipo de lo que nos tocará vivir a nosotros.

El misterio de la Ascensión, como todos los misterios de la vida de Jesús, son acontecimientos que le suceden a Él: en ellos “algo se realiza en Jesús”. Esto es lo primero que tenemos que considerar, o mejor, contemplar. La Ascensión es la plenitud de la Encarnación ya que Jesús sube al Padre con la humanidad que había asumido en María. Se trata, entonces, de la glorificación de Jesús en su condición de hombre mediante la cual devuelve a la naturaleza humana su vocación de eternidad.
Este misterio de Jesús tiene siempre sus efectos para nuestra vida y los tenemos que contemplar también.
El primer efecto de la Ascensión en nosotros es que nos ha abierto el camino hacia el cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a todos los hombres. Como rezamos antes de la consagración en la misa de este día: “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino”. Es decir, no celebramos solamente el triunfo de Jesucristo sino también el triunfo del hombre, de la naturaleza humana, nuestro propio triunfo. Jesús, cumplida su gran misión en la tierra, regresa al Padre y, de algún modo, nos lleva ya con Él. A partir de la Ascensión, una verdadera humanidad, la de Jesús, participa de la Gloria Eterna de Dios, vive en Dios para siempre. Esta es la causa y razón de nuestra esperanza de ser glorificados con Él. Toda nuestra humanidad mira hacia ese momento en el cual vivirá para siempre con el Padre.

El segundo efecto es que, a partir de su ascensión a los cielos, Jesús se hace presente y actúa en los hombres y en la historia por medio del Espíritu Santo que obra en los sacramentos y anima la misión de la Iglesia. Su presencia está asegurada con la “fuerza” prometida por Jesús a todos aquellos que se abran a ella. No nos deja solos, está presente en la vida de cada uno de nosotros.

Por último, el tercer efecto es que, según las mismas palabras de Jesús, con la llegada del Espíritu en Pentecostés comienza la misión de la Iglesia. Por eso, la esperanza del cristiano es una esperanza activa. No esperamos nuestra glorificación definitiva cruzados de brazos, sino que nos ponemos en oración junto a María y a toda la Iglesia para recibir el Espíritu Santo y continuar, también nosotros hoy, la Misión de Jesús.

Nos lo recuerda también el mandato misionero con que se cierra el evangelio de Mateo. Un mandato que se extiende hasta todos los confines de la tierra, asumiendo la responsabilidad de compartir no solo con aquellos con quienes vivimos, sino con toda nuestra casa común: toda la creación debe ser destinataria de la Palabra y la acción salvadora de Dios. Un envío que es co-misión con el Hijo que estará presente con su comunidad hasta el final de los tiempos.

Celebración del Domingo

Canción para estar con Dios