«Dejarnos transformar por el Espíritu» – 32°Capítulo de la Congregación

De la mano del encuentro entre Jesús y Nicodemo, en el evangelio de Juan, hemos tenido estos tres días de retiro preparándonos para los espacios de discernimiento capitulares que celebraremos hasta el día 10 de febrero, desde la contemplación, la fraternidad y el silencio.
Fray Rafael Colomé y la Hna. Graciela Dibo nos fueron ayudando a caminar por las huellas que hizo Nicodemo, por sus búsquedas e incertidumbres, a través de los tres momentos en los que este personaje aparece en la obra joánica. Estos tres momentos fueron leídos desde la invitación que Jesús le hace a Nicodemo “Hay que nacer de nuevo” y desde nuestra espiritualidad carismática encarnada en la vida de Domingo, Elmina y Ángel María.
Cada día, junto a la figura de Nicodemo, hemos vuelto la mirada a las diferentes llamadas de la Clar para este trienio.
El primer día, la visita de Nicodemo por la noche a Jesús (Jn 3,1-21), nos invitó a rezar nuestros diálogos en medio de las incertidumbres que tenemos, aprender a escuchar y abrirnos al cambio desde nuestras minoridades. Fuimos animadas a identificarnos con Nicodemo con su estado interior, con sus resistencias, estando convencidas que caminar en la fe, es caminar en la oscuridad: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Sal 23,4).
El encuentro de Domingo con el hospedero en Toulouse hizo dominicana la reflexión del día, destacando como esta experiencia fue para Domingo un antes y un después de su vocación para la predicación: “hablar siempre de Dios o con Dios fuera de casa y en el camino”. Todo diálogo es transformador cuando se mira juntos la realidad en la que vivimos y ante ella nos comprometemos a predicar la salvación.
El segundo día la invitación fue bien concreta. Se nos animó a reflexionar cómo “Nacer de nuevo como hijas de la luz a formas nuevas de vivir la fraternidad”. El texto bíblico que nos salió al encuentro fue Juan 7,40-52, allí donde Nicodemo en medio de su comunidad, el Sanedrín, debe tener palabra ante el discernimiento de sus hermanos judíos. Fue muy interesante recorrer los capítulos de la obra joánica que anteceden a este relato, porque nos da el contexto literario para las palabras de “nuestro amigo” Nicodemo. Las cosas se iban poniendo más difíciles para Jesús porque su carácter divino era continuamente rechazado. Y es en medio de la comunidad de los sumos sacerdotes donde Nicodemo debe jugarse por el Señor, con las cosas todavía no tan claras, pero con una actitud firme en lo que iba intuyendo acerca del reino.
La espiritualidad dominicana nuevamente nos ayudó a cerrar el día volviendo a algunas características del carisma, un carisma que no tiene método, pero que tiene un cuerpo. El testimonio de los hermanos más cercanos a Domingo a través de la iconografía, los modos de orar, y de dos frases nucleares en su vida “lo que afecta a todos por todos debe ser tratado y aprobado” y “contemplar y dar a los otros de lo contemplado”, nos devolvió los cuatro pilares dominicanos desde este nacer de nuevo: la oración que nutre la contemplación y la predicación, el estudio que nos define como persona, el construir relaciones fraternas llenas de humanidad y evangelio y desde una misión que sea útil para la salvación de las almas.
Por último, el tercer día, la mirada estuvo puesta en “dejarnos transformar por el Espíritu para vivir la pasión por la predicación”. En Juan 19,38-42 se contempla como José de Arimatea y Nicodemo descienden a Jesús de la cruz, lo abrazan, se manchan con su sangre y lo sepultan luego de haberlo ungido. Todos estos gestos manifiestan que en el calvario, la hora de Jesús, nace la comprensión del misterio desde lo que brota del costado del crucificado. Estos momentos fueron animados por diferentes imágenes de Fray Angélico en las cuales siempre Santo Domingo aparece contemplando cada escena, como queriendo resaltar que solamente desde la contemplación del crucificado podremos comprender lo que Nicodemo hizo: abrazar al crucificado y descenderlo de la cruz.
Como dominicas estamos invitadas a identificar a los crucificados de la vida con el Crucificado desde la experiencia de la compasión. A predicar a un Cristo crucificado. Pero también estamos animadas a identificar al Crucificado con el Resucitado, porque esta es la obra del Padre, la gracia de la Salvación.
La oración de la mañana y la eucaristía de la tarde nos ayudaron a celebrar lo reflexionado y a comprometernos desde la oración y la vida por nuestros hermanos.
