Oyentes de la Palabra
LA PALABRA DE DIOS EN EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

En este segundo domingo de Adviento, la liturgia nos invita a pensar y vivir la propuesta del Señor de encarnar relaciones nuevas que nacen de practicar la justicia y vivir la misericordia. Las imágenes son muy sugerentes y ricas para animarnos en la esperanza de ¡VIVIR DE OTRA MANERA!
Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Romanos 15, 4-9 y Mateo 3,1-12
La primera lectura de este domingo se inserta dentro del conocido “el libro del Emanuel” ‒Dios con nosotros‒ (6,1-12,6), el cual por una parte disipa la duda sobre si Dios abandonará finalmente a su pueblo ante los oráculos de juicio que se van anunciando; y por otra, precisamente porque se rechaza el abandono, se alienta la esperanza en la acción de Dios a través de distintas imágenes, entre las que destaca la figura de un niño que encarnará el proceso de juicio y salvación que Dios va a realizar.
A medida que avanza el anuncio profético se puede afirmar con seguridad que el Señor no abandona a Israel, aunque esa presencia tenga la apariencia débil de la promesa de un recién nacido. La promesa es la “unción” del rey para que éste, con la ayuda del espíritu del Señor, actúe según los criterios de Dios… y sea su representante en la tierra
Sobre esa elección se destacan tres rasgos: pertenece a la dinastía de David, el Mesías está investido por el espíritu del Señor y su gobierno trae como frutos la pacificación y la gloria de Dios, con evocaciones que nos recuerda relaciones paradisíacas: el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo los pastorea; la vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas, el león comerá paja como el buey. El niño jugará en agujero de la cobra, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. Se destaca en esta presencia la mención de Jesé (11,1), padre del gran rey David, que nos sitúa ante una perspectiva de continuidad con una dinastía de dignidad similar a la “davídica”. Por fidelidad a su promesa a David, el Señor sigue estando con y por su pueblo.
El profeta Isaías en este domingo nos pone de cara a dos claves muy claras en este proceso de “Vivir de otra manera”. Por un lado, los dones que acompañan a quienes poseen el “espíritu del Señor”: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor… son los rasgos que aparecen en otros lugares bíblicos por los cuales reinan los reyes, juzgan los jueces y se gobierna con justicia. Aquí se describe el “perfil” y las “competencias” que tiene que tener aquella persona que lleva a cabo su tarea de gobierno y animación: buscar la salvación de todos, concretada en justicia y paz.
Por otra parte, el Señor muestra su propia capacidad de intervenir en la historia… y los efectos de ésta se describen con imágenes tan utópicas como poéticas, que movilizan a aquellos que abren su corazón. Entre ellas, la instauración de la paz tiene la figura de un niño, que, en su debilidad y falta de violencia, instaura y goza de una nueva re-creación. Una re-creación que alcanza a la naturaleza desde sus vínculos más profundos: desde una convivencia armoniosa entre animales, entre animales y género humano, hasta una convivencia pacífica de los distintos pueblos y naciones, que supera toda hostilidad y violencia.
Pablo, en la segunda lectura, nos da un ejemplo más de esta posibilidad de “Vivir de otra manera”. El antiguo fariseo convertido en seguidor de Cristo, se esfuerza en esta carta a los Romanos (como había hecho ya, de manera más apasionada en Gálatas y como aparecerá también en Efesios), por mostrar que el acontecimiento de Cristo no anula las promesas hechas por Dios a Israel, sino que las lleva a su plenitud. En este pasaje, ya casi al final de la carta, el apóstol sintetiza de manera elocuente la convicción que ha animado su incansable labor misionera: que Cristo vino tanto para los judíos como para los paganos (“se hizo servidor de los judíos […] y, por otra parte, acoge a los gentiles”). La benevolencia misericordiosa de Dios para con todas las naciones, revelada en Cristo, la expresa Pablo muy claramente con el concepto de “acogida”: el haber sido acogidos por Cristo es lo que hace posible que nos acojamos unos a otros, y lo que debe movernos a esa mutua acogida fraterna.
Por último, Juan Bautista. Juan es una de las grandes figuras del Adviento porque con su presencia y su predicación se anuncia la llegada de los nuevos tiempos del Mesías. Este domingo y el próximo, él ocupará nuestra atención y junto con él contemplaremos a Jesús. A Juan lo encontramos en una escena de apertura estratégicamente colocada en el evangelio de Mateo. El gran ministerio salvífico de Jesús está precedido por el penitencial de Juan Bautista. Todo lo que Juan hace es de gran valor, sin embargo, está subordinado finalmente a la obra superior del Mesías Jesús.
El relato que tenemos hoy ante nuestros ojos fluye de manera organizada y didáctica, como es característico del evangelista Mateo. Partiendo de un resumen inicial que nos dice de dónde y en donde aparece Juan (primera parte), ampliando luego con una descripción narrativa su vida (segunda parte) y, finalmente, presentándonos una parte de su predicación (tercera parte).
En primer lugar: ¿Por qué Juan predica en el desierto, donde no hay casi nadie? ¿Por qué allí si lo que predica es un encuentro con Dios y no una huida? El desierto es el lugar de la “escucha” donde se atienden, distantes de toda distracción, lo que Dios quiere proponernos. Para Israel con frecuencia fue un punto de referencia que apuntaba a sus orígenes (en la creación, en la alianza) y por eso, en la profecía de Oseas, el espacio geográfico-espiritual al cual se regresa para retomar el proyecto con la fuerza del amor primero es el desierto (ver Os 2,16).
También en la cita de Isaías 40,3 hay una nota de esperanza que percibe, en la gran peregrinación del Pueblo que retorna del exilio, la acción poderosa de Dios que realiza el éxodo y al mismo tiempo el pueblo regresa purificado –habiendo aprendido las lecciones de la historia‒ y dispuesto a construir una sociedad nueva.
En segundo lugar, este espacio insólito de la predicación aparece unido al anuncio de los nuevos tiempos que se aproximan. Por eso el desierto es el punto de partida de algo nuevo impulsado por el llamado de la Palabra. La conversión no es para volver atrás, al punto de partida, sino un ir más allá, dar pasos hacia delante en la dirección del “Reino”: la obra del Dios creador y Señor de la historia que viene a cumplir sus promesas y a plantear sus exigencias.
En tercer lugar, la voz parte del “desierto”, pero la finalidad no es quedarse en el desierto sino completar un camino. Así, como en la antigua profecía se preparaba el camino al Rey y su séquito, en estos tiempos Dios viene (es más “ya ha llegado”; 3,2). Es “el camino del Señor”, el suyo es un camino triunfal que no admite senderos sinuosos, pasos extenuantes ni recorridos desalentadores. Lo importante del anuncio es que es Dios mismo, en cuanto “Señor”, quien guía a su pueblo: como un pastor que guía a su rebaño.
Como afirma la segunda lectura (Rm 15,4) estas palabras de la Escritura mantienen nuestra esperanza y nos invitan a una re-creación de nuestra convivencia pacífica en la casa común
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