Oyentes de la Palabra
LA PALABRA DE DIOS EN EL DOMINGO XXX DURANTE EL AÑO
Le deberíamos agradecer al doctor de la Ley que formuló la pregunta a Jesús sobre cuál es el mandamiento más grande. Le dio la ocasión de decirnos qué es el amor: “amar a Dios de manera absoluta, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”… y con otra clave fundamental “amarás a tu prójimo como a ti mismo”… ¡no en vez de ti… sino como!
Éxodo 22,20-26; Salmo 17; I Tesalonicenses 1,5c-10 y Mateo 22,34-40.
Continuamos con el contexto que venimos desarrollando. Jesús, su persona y mensaje, están experimentando un in crescendo de prueba y oposición. Luego de la respuesta por parte de Jesús hacia los herodianos de la semana pasada, aparecen los fariseos que quieren ponerlo a prueba con otra pregunta capciosa, que esconde en realidad un gran problema para el pueblo: había 613 preceptos que cumplir… ¿cuál de todos era el fundamental o el de mayor importancia?
La respuesta de Jesús retoma el famoso Shemá Israel, “Escucha Israel”, oración que desde finales del s. I no han dejado de rezar mañana y tarde los judíos practicantes. Este texto expresa el imperativo de amar a Dios con la totalidad de la persona, con todas las fibras interiores, sin reserva. Este compromiso totalizante viene expresado con la terminología propia del AT: corazón, alma y fuerzas. Cuando la Biblia se refiere al corazón es porque allí reside todos los pensamientos, por tanto, lo que se pide es que “todos nuestros pensamientos, todos nuestros planes, todas nuestras decisiones deben expresar de distintas maneras el amor a Dios, aunque se refieran a las cosas más diversas”.
Por otro lado, el Señor retoma otro imperativo del AT, del libro del Levítico, que contiene varias normas de índole más bien social donde resaltan la del amor al prójimo y la del rechazo de la venganza. La insistencia del verdadero amor al prójimo es el amor de Dios. Jesús responde claramente que el mandamiento principal es amar a Dios de manera absoluta: con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”… y con otra clave fundamental “amarás a tu prójimo como a ti mismo”… ¡no en vez de ti… sino como!
La afirmación de Jesús es clara: el amor es todo. Lo decisivo en la vida es amar. Lo primero es vivir ante Dios y ante los demás en actitud de amor. Esto es lo esencial. Pero podríamos preguntarnos ¿Qué significa esto?
Muchos identifican todo el cristianismo con el precepto del amor al prójimo. Pero cuando se habla de amor al prójimo, la mente va en seguida a las obras de caridad y solidaridad, a las cosas que es bueno hacer por el otro: darle de comer, visitarlo cuando está enfermo o preso, es decir ayudarlo. Pero esto no es solamente el amor. Antes de practicar el amor…antes que hacer el bien, está el querer bien al otro. Verlo con los ojos de Dios, amarlo bien, querer que sea una persona digna y libre… ofrecerle la mirada de amor y cariño que él necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo… aquí se unen… ¡aquí podemos decir que no podemos amar a Dios a quién no vemos sino amamos a nuestro hermano que está a nuestro lado!
Es por eso que la liturgia de este domingo nos invita a reflexionar, en la primera lectura, un pequeño texto del libro del Éxodo. Toda la ley de Israel se basaba en la experiencia que había vivido el pueblo en Egipto y en su regreso a la tierra prometida. Antes de cumplir cada norma todo israelita debía volver los ojos y el corazón a ese momento de su historia en el cual se había sentido más indefenso y necesitado de la providencia divina. Como cuando fue forastero y necesitado aprendió de aquella mirada y trato divino que le devolvió la dignidad y la libertad, ahora deberá practicar ese mismo amor, con el que fue tratado, con los demás.
Nosotros también debemos hacer memoria para poder amar a nuestros hermanos como hemos sido amados por Dios. Si la memoria no nos ayuda, pidámosle al Salmista que nos preste sus palabras para recordar:
Yo te amo, Señor;
tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca,
mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido.
Para profundizar en la Palabra...
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