Oyentes de la Palabra

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LA PALABRA DE DIOS EN EL DOMINGO V DE PASCUA

Muchas veces vivimos situaciones de dolor generadas por la inminencia de la muerte de una persona muy querida. La fe, que tiene toda la fuerza de una evidencia, nos serena el corazón, ya que Jesús, en este relato, nos asegura el lugar – la meta a dónde nuestro Padre tiene prepara la morada para cada uno de nosotros…en su Casa todos tenemos un lugar preparado, todos seremos acogidos… así también las personas queridas que ya no están con nosotros.

Hechos de los apóstoles 6,1-7; Salmo 32; 1 de Pedro 2,4-9 y Juan 14,1-12

El evangelio de este domingo comienza con una actitud generosa de parte de Jesús. Pensemos un poco en el contexto en que se da este relato, ¡el Maestro se está despidiendo de sus discípulos… sus amigos! Y en una clara opción de olvidarse de este momento de tanta angustia, pone su preocupación en el acompañamiento de sus discípulos.

El dolor de sus compañeros de camino, que ya intuyen el momento del desenlace, no se debe solamente a la separación de Aquel que se había transformado en alguien imprescindible en sus vidas, sino principalmente en las expectativas que habían puesto en Él y en su proyecto. Esto salta a la vista en una expresión bien gráfica: lo que tienen turbado es el corazón. El corazón para el pensamiento semita es sede no solo de los sentimientos, sino sobre todo de la comprensión y la voluntad. ¡Los discípulos habían tomado libremente la decisión de seguirlo con todo lo que implicaba de poner en juego sus vidas!

En medio de estas experiencias de inquietud, Jesús acompaña a sus amigos apelando a lo más “seguro” que podían tener sus discípulos, la relación con Dios Padre, que en la memoria de todo judío, es como ¡una roca firme!, ante la cual nadie puede temer. Es muy significativo que la palabra Padre aparece 12 veces en el relato; sabemos que cuando queremos destacar algo significativo en nuestras vidas, salta a la vista la insistencia en esa realidad… ¡12 veces en 12 versículos! 

El problema es que no solo les pide confianza en esa presencia, sino que continúen apoyándose en Él con igual certeza con que lo hacen con su Padre. Y es aquí donde me parece que el texto explora una riqueza narrativa muy clara. A partir de dos preguntas, que sus mismos compañeros de camino le hacen a Jesús, Él les muestra como encontrarán al Padre, esa roca firme que los ayudará a Creer en medio de la inquietud y turbación que experimentan. El llamado a Creer es también significativo: en el primer y último versículo está la invitación de Jesús, como en una suerte de apertura y cierre de la reflexión.

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».  

A partir de estos dos cuestionamientos, les propongo que reflexionemos sobre tres claves que nos ayuden a profundizar los textos de este domingo. 

Lo primero que les dice Jesús a sus discípulos es que el Padre se deja encontrar ¿Cómo es esto? “Quien ve a mí, lo ve a mi Padre”, le responde Jesús a sus amigos. Lo que obra Jesús remite a su Padre. Lo digamos de otra manera: sus opciones, sus gestos, su compasión hacia los otros, muestran la cara del Padre.

Lo segundo que me parece significativo es que “este dejarse encontrar del Padre”, es un camino a recorrer, es un proceso a transitar. La imagen del camino en toda cultura tiene la significancia de orientar la vida hacia una meta, meta que requiere ser elegida conscientemente. Ahora bien, en la memoria colectiva de los discípulos de Jesús hay un camino muy significativo, el camino que realizó el pueblo de Israel por el desierto. En este camino el pueblo se encontró con su Dios, su Padre, que caminó delante de él, les dio de comer, los protegió del sol y les iluminó la senda en las noches oscuras. Que Jesús se presente como camino para llegar al Padre, significa que es Ese compañero de camino que no se aparta de la senda que vive y transita su pueblo.

Por último, la tercera clave que sale a nuestro encuentro en este domingo es un juego de verbos: conocer y ver. El primero no significa solamente una comprensión intelectual, sino principalmente una experiencia, una relación íntima entre dos personas; por otro lado, el verbo ver, en continuidad con el conocer, no implica “una percepción óptica, sino una comprensión en la fe que tiene toda la fuerza de una evidencia.”

Volvamos nuevamente al comienzo de nuestra reflexión. Los discípulos viven una situación límite, y su Maestro les muestra el camino para renovar la fe y caminar confiados en este momento difícil que deben atravesar. La imagen de una relación profunda e íntima con el Padre que camina junto a ellos (a nosotros) es el camino para mostrar a otros gestos concretos de compromiso, principalmente con aquellos hermanos que están en una situación de mayor intemperie, como lo hizo Dios en el desierto con su pueblo. Para esto es necesario esa definición desde el corazón, que nos abarca toda la vida, todas nuestras opciones, que transparentan el rostro del Padre en nuestra vida cotidiana, y ¡no solamente comprenderla intelectualmente!

Una pequeña añadidura. Muchas veces vivimos situaciones de dolor generadas por la inminencia de la muerte de una persona muy querida. La fe, que tiene toda la fuerza de una evidencia, como decíamos más arriba, nos serena el corazón, ya que Jesús, en este relato, nos asegura el lugar – la meta a dónde nuestro Padre tiene prepara la morada para cada uno de nosotros…en su Casa todos tenemos un lugar preparado, todos seremos acogidos, así también las personas queridas que ya no están con nosotros.

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