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La Palabra del Domingo: II Domingo de Pascua; Hch 4, 32-35 / 1 Jn 5, 1-6 / Jn 20, 19-31

04/13/2015

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Adentrándonos a la Palabra….

El texto del libro de los Hechos de los apóstoles que leemos este domingo nos remite a la oración de Jesús antes de su muerte, pidiendo al Padre “que sean uno como nosotros” (Jn 17,11). En efecto, el texto nos anuncia que “la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32). Y estos versículos aparecen en medio de los relatos de persecuciones, milagros, predicaciones de la primera comunidad. El acento está puesto en el compartir los bienes, tenerlo todo en común. Es muy interesante observar que en el centro del texto aparece la mención a la Resurrección. Es decir, el texto parece sugerir que uno de los principales testimonios de la Resurrección es esta vida compartida en comunidad, donde “nadie llamaba suyos a sus bienes” (v.32).
Por otro lado en el evangelio de Juan nos encontramos con un grupo de discípulos a puertas cerradas, con miedo, en la noche. Unos versículos antes leemos que las mujeres les han anunciado la resurrección pero no se hace referencia a ello ahora. Con ese contexto de fondo, Jesús se les presenta mostrándoles sus manos y el costado y les da la paz. En tres momentos distintos les regala, ofrece y bendice con la paz.
En el episodio de Tomás podemos ver una invitación a una fe más profunda, reconociendo en el Jesús resucitado al mismo que fue atravesado por la espada y crucificado, el que lavó los pies, el que fue perseguido. Este Jesús Siervo, cargando los dolores de todos, que se hizo hermano de las personas más excluidas, es el que ahora se presenta resucitado.
Esta comunidad que es testigo de la resurrección será entonces enviada a compartir y ofrecer la paz y la reconciliación: “a quienes ustedes perdonen los pecados”… (Jn 20, 23). Viviendo la comunión, recibiendo la alegría que viene del Resucitado y su Espíritu, compartiéndolo todo sin que nadie quede afuera del círculo de la vida, es como podrá ofrecer la paz, invitar a la reconciliación.
Como esta primera comunidad, necesitamos arriesgarnos al cambio, dejarnos transformar por el espíritu de Jesús. Podemos tener dudas, miedos, noches como ellas y ellos los tuvieron, como las tuvo Jesús mismo. Y tenemos que atravesarlas, padecerlas quizás. Pero al mismo tiempo poder construir día a día la comunidad desde el diálogo, la reconciliación, el discernimiento común, la solidaridad. En el aprendizaje comunitario, desde la escucha mutua en lo cotidiano. En medio de los contextos violentos en los que vivimos, podemos ofrecer a los otros un camino para la paz.

Hna. Leticia Batista
Bachiller en Ciencias Bíblicas