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“Mirad que estoy haciendo algo nuevo…” (Is 43, 19)

04/10/2019

“Mirad que estoy haciendo algo nuevo…” (Is 43, 19)

Meditación para el quinto domingo de Cuaresma

Buscamos novedades. Lo hacemos en la prensa de cada día, en esa noticia de siempre que cada mañana vuelve a sorprendernos. Buscamos en los catálogos de las firmas comerciales, en la música que escuchamos o en las tiendas que frecuentamos. Si no hay novedades las redes sociales no funcionan, ni tienen futuro los vendedores de última tecnología. Lo que compramos ayer es hoy viejo, y convierte en antiguos a quienes lo usan. ¡Y nada es peor que vivir atrasado!

Pensamos que lo nuevo nos viene de fuera: lo deseamos, lo valoramos, lo compramos y lo pagamos con lo que aún no tenemos. Y parece que es la novedad la que nos tiene a nosotros, la que nos cambia, motiva y genera circunstancias distintas a lo que vivimos. Tristemente, día tras día, todo vuelve a ser igual y se nos pone en marcha la misma dinámica de decepción. Quizás porque no somos del todo capaces de comprender que la mayor novedad está en nosotros mismos, y tenemos la capacidad de hacer de cada instante una oportunidad única y de dirigir a las personas que nos rodean una mirada de esas que crean y renuevan.

Lo nuevo, lo realmente alternativo es la misericordia. El juicio y la condena nos tienen dando vueltas siempre al mismo círculo de inquietud y amargura, con los mismos tonos grises de siempre y escasas perspectivas de futuro. Pero mirarnos a nosotros mismos desde la clave del perdón, imaginando nuevas y distintas posibilidades y luchando por ellas, eso nos abre a una manera más digna de crecer y recrearnos. Igualmente, mirar la realidad que nos rodea poniendo corazón donde otros ven miseria permite que el mundo avance, que las personas tengan futuro, que todo pueda ser diferente. Lo realmente profético, en esta época y siempre, es la misericordia y la bondad: ellas tienen la clave para embellecer esta tierra.

Lo que hace nuevas a las personas, lo que las rejuvenece, son los encuentros que mantienen con otros. No se compran ni se pagan pero siempre sorprenden y humanizan. La soledad egoísta amarga y envejece. La imagen de quien, teniéndolo todo, no es capaz de abrirse a nadie y repasa el territorio de lo seguro, representa a muchos de nuestra época. La mujer del evangelio, sin más nombre que el pecado que ha cometido, es rescatada desde dentro, mientras comparte el silencio con un desconocido que no la juzga, sino que la entiende y le ayuda a entenderse a sí misma. El encuentro acerca una mirada de ternura, empuja a salir del círculo en el que uno se encierra y que solo puede ser abierto por otros.

Lo nuevo, por contradictorio que parezca, arranca del pasado y encuentra ahí la prueba de su autenticidad, como si lo bueno ya estuviese escrito en nuestra historia. Así lo siente Israel. El profeta de cualquier época anuncia que las grandes experiencias de vida están siempre volviendo y haciéndose  mejores, más reales. Sin un pasado consistente, sin algo bueno ya vivido, solo pueden construirse fantasías, utopías sin fuerza. La mujer, tras la conversación con Jesús, recobra la certeza de su propia grandeza y estrena un camino mejor en su vida, que ya había vivido y que estaba escondido en su interior.

Empezar de nuevo implica, además, tomar decisiones. Romper los círculos de los que tanto nos cuesta salir, por más que lo intentamos, requiere estar muy convencido de todo lo bueno que nos espera fuera. Ponderar que vale más lo que aún está por llegar que la rutina en la que giro inútilmente. La protagonista del evangelio no recibe de Jesús perdón ni tampoco curación de sus tendencias equivocadas. Recibe valor para estrenar la vida plena que ella merece y que ha ido posponiendo. Esa felicidad, profundamente nueva, que no se compra ni se hipoteca, porque está escondido en lo más sagrado de la condición humana.

Unas preguntas para la reflexión…

  • ¿Cómo me llevo con las “novedades externas”? ¿Estoy dedicando demasiado tiempo y preocupaciones a medios digitales, informaciones y curiosidades, compras, objetos, agobio por tener más, etc.? ¿No me estará quitando todo esto mi libertad y fortaleza interior?
  • ¿Cómo me llevo con mi propia “novedad interior”? ¿Soy consciente de que mi vida es un proceso en avance, o la percibo como un círculo en el que todo se vuelve siempre igual? ¿Qué me hace vivir estancado?
  • ¿Valoro la misericordia? ¿La muestro de alguna manera hacia mí mismo? ¿En qué momentos y condiciones? ¿Cuándo me muestro falto de ella al juzgarme personalmente?
  • ¿Soy capaz de ser misericordioso con los demás o juzgo de manera estricta y sin compasión? ¿Lo vivo así con las personas más cercanas? ¿Me ayuda esto a crecer?
  • ¿Cómo me sitúo ante los encuentros importantes y profundos de mi día a día? ¿Pongo lo mejor de mí en ellos? ¿Me ayudan a ser mejor? Valoro aquellos que son más importantes ahora y los que me han marcado en mi proceso personal. Pienso en lo que me han enriquecido.
  • Lo nuevo que mi vida desea ya lo he vivido de alguna manera. Reconoce y recuerda los grandes momentos en tu proceso de crecimiento. ¿Cómo siguen afectando a tu presente, y a qué te empujan ahora? ¿Qué decisiones debo tomar si los escucho, para recobrar mi grandeza como persona e hijo de Dios?

Una imagen para la contemplación…

imagen-meditacion-5-cuaresma-2019C. D. Friedrich, Mujer frente al sol poniente (1818). Essen, Museo Folkwang
  • No hay unanimidad entre los críticos para nombrar a esta obra. Unos piensan que el sol se está poniendo, y otros que amanece. Lo que empieza y lo que acaba siempre se dan la mano, el final y el principio. La mujer que llevaron a Jesús venía de la noche, la de Jerusalén y la de su propio interior. Y amaneció para ella diferente aquella mañana, lució un sol que nunca más se puso. Siempre hay un sol a nuestro lado que trae una luz mejor, una nueva oportunidad de crecer. En la imagen la luz parece alumbrar exclusivamente el rostro, la vida, el futuro de la protagonista.
  • En la imagen tenemos una mujer de espaldas. No conocemos su rostro, ni sus rasgos, ni podemos imaginar nada sobre ella. Se nos esconde su intimidad. ¡Es que nunca podremos adueñarnos del misterio del otro! Aquí no cabe el juicio, sólo la esperanza. Somos iluminados en nuestro futuro, en lo que está llegando. Y esa luz que abre a lo nuevo deja atrás la experiencia de oscuridad y sombra. Sólo la luz es posible para quien se pone en camino. Una luz que renueva desde dentro, que eleva y dignifica. Una luz que no encendemos nosotros, sino que se nos da gratuitamente, generosamente.
  • El cuadro nos presenta el final del camino. Ahora, o se vuelve hacia atrás o se explora una nueva ruta. No es una vía sin salida, sino más bien lo contrario. Desde esa luz que nos devuelve la dignidad, los sueños, la esencia, estamos llamados a dar un paso, a caminar diferente. Desandar el camino ya realizado, incluso, puede convertirse en un itinerario distinto. Siempre debemos preguntarnos por el pequeño paso que tenemos que dar ahora…
  • La mujer es el centro de la pintura. Hay un escenario pensado para ella. Para realzarla y dignificarla, para engrandecerla en su misterio e intimidad. La realidad no la esconde ni la abruma, más bien la hace plena. El sol, que supera las montañas que parecieran encerrarla y limitar sus pasos. La quietud, que no es solo del paisaje, sino que sale de dentro de la protagonista e invita a entrar en ella. Las rocas, que no cierran sino que apoyan y hacen fuerte a la mujer. Los cultivos (extraños en un pintor de naturaleza salvaje) que apuntan a lo que nace, al futuro que rodea y llama a la protagonista.
  • Las manos de la protagonista se adueñan de la escena. No son solo reflejo de su hacer, más o menos acertado. En el cuadro se convierten en alabanza y equilibrio, en comunión con el Misterio que lo llena todo. Son ofrecimiento y quietud, expresión de bendición, generosidad con la que seguir embelleciendo lo creado. Se convierten en lenguaje y expresión de lo que en su interior se está gestando, en su sentimiento más auténtico. Como si la oración sólo pudiese ser expresada con las manos y la acción.
  • Detrás de la escena, como imponiéndose suavemente, el protagonista: el silencio sereno que se convierte en voz que habla desde dentro hacia afuera, la experiencia de la trascendencia que no se concreta, pero que lo envuelve todo. Que lo hace nuevo todo, que empuja a estrenar caminos, que llama a la comunión serena, a la misericordia y la paz que hacen digno al ser humano.
  • La imagen nos invita a recordar las palabras de Francisco: “El camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para vivir toda la gracia del misterio pascual […] Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21)”. (Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2019).

Fray Javier Garzón O.P.