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La fuerza del silencio: Jornada de espiritualidad para padres del Colegio Santa Rosa

En el itinerario de iniciación al silencio que se realiza con alumnos y docentes del Colegio Santa Rosa, los consejos pedagógico y de familia, han querido sumar a padres y madres a experimentar el silencio el día 24 de octubre en el Campus de Yerba Buena. La mañana se presentaba con débiles rayos de sol, […]

En el itinerario de iniciación al silencio que se realiza con alumnos y docentes del Colegio Santa Rosa, los consejos pedagógico y de familia, han querido sumar a padres y madres a experimentar el silencio el día 24 de octubre en el Campus de Yerba Buena.

La mañana se presentaba con débiles rayos de sol, apacible y silenciosa, invitaba a transitar la experiencia del silencio y la respiración consciente. Un grupo de aproximadamente sesenta padres se animaron y aceptaron la invitación a permanecer toda la mañana en silencio contemplativo en el entorno natural del Campus. También participaron docentes y directivos.

La propuesta consistió en pequeños consejos acerca de cómo y para qué hacer silencio, sus beneficios en la vida cotidiana, su fuerza arrasadora, su contundente significancia y transformación. Con este objetivo fuimos intercalando las reflexiones y las experiencias de silencio y atención a la respiración, la caminata meditativa, y juntos nos fuimos animando a hacer silencio.

El silencio es el camino para experimentar el verdadero ser. Es la puerta que nos comunica con ese ámbito inefable, trascendente nuestro, que nos da felicidad. Tenemos que tener la valentía de ser cada vez más silenciosos. El silencio requiere confianza profunda. Dice Blaise Pascal “he descubierto que toda la infelicidad de una persona deriva de una misma fuente: no ser capaz de estar sentado tranquilamente, en silencio, a solas consigo mismo”.

La condición mental sana, depende de una respiración bien realizada. La respiración, por ser ese puente entre lo concreto y lo sutil, es lo que me permite bajar y bajar. Volver a casa, dice Taulero: “Porque, si quieres que Dios hable, hace falta que tú calles. Para que Él entre, todas las cosas deberán haber salido”.

Cuando salimos al parque a tomar el café, también en silencio, nos acompañaba el canto de los pájaros y era lo único que escuchábamos: nuestra respiración, el latir de nuestros corazones tratando de conectar con zonas muy profundas de nuestro ser… y los pájaros. Fue muy impactante constatar que podemos compartir el elemento de cultura “palabra”, pero también nos hace mucho bien compartir en silencio.

En definitiva, el Dios en quien creemos habló, pero también calló. Creó con su Palabra y descansó el séptimo día! “La palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria”. La Palabra nos respiró, se hizo cuerpo. Esa Palabra estuvo en silencio treinta años y habló tres. Y dice ahí San Lucas: “su madre guardaba todas estas cosas y las contemplaba en su corazón”. Me gusta pensar que Jesús aprendió el silencio de sus padres, en la escuela de oración de su familia, en Nazaret, con María y José. Y por esto, con tanta fuerza y convicción, podía proclamar después en Galilea, “Al orar no hagan como los paganos que se llenan de discursos pensando que Dios los va a escuchar por mucho hablar. Tú enciérrate y ora en secreto. Pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitan antes que se lo pidan” (Mt. 6, 7).

Como expresa Pablo D’ors, en su Biografía del silencio, “cuanto más se ejercita el silencio, mayor es la capacidad de percepción y más fina la sensibilidad. Se deja de vivir embotado, que es como suelen transcurrir nuestros días. La mirada se limpia y se comienza a ver el verdadero color de las cosas. El oído se afina hasta límites insospechados, y empiezas a escuchar el verdadero sonido del mundo. Todo, hasta lo más prosaico, parece más brillante y sencillo. Se camina con mayor ligereza. Se sonríe con más frecuencia.
Ningún hombre se perderá irremediablemente si frecuenta su conciencia y viaja por su territorio interior. Dentro de nosotros hay un reducto en el que podemos sentirnos seguros: una ermita, un escondite en el que cobijarnos porque ha sido preparado con este fin. Cuanto más se entra ahí, más se descubre lo espacioso que es y lo bien equipado que está. Ahí, en verdad, no falta de nada. Es un sitio en el que muy bien se puede morar. He aquí algunos de los sabios beneficios del silencio”.

Equipo de prensa y difusión
Colegio Santa Rosa