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La Palabra del Domingo: Domingo de Ramos

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39) Comenzamos la semana más importante de nuestra celebración cristiana. Es un tiempo para hacer memoria, para contemplar los momentos cruciales de la vida de Jesús y, especialmente, para tomar conciencia en qué lugar estamos hoy y decidir cómo continuar el camino de la fe. El relato […]

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Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39)

Comenzamos la semana más importante de nuestra celebración cristiana. Es un tiempo para hacer memoria, para contemplar los momentos cruciales de la vida de Jesús y, especialmente, para tomar conciencia en qué lugar estamos hoy y decidir cómo continuar el camino de la fe. El relato de la pasión de Jesús es un drama donde cada personaje juega un rol clave. Un drama en cuatro actos que nos ayuda a observar los movimientos de unos y de otros. De los que están con Jesús siguiendo su camino, sosteniendo la fe a pesar de todo y también de los que no entendieron, lo que juzgaron que no había nada nuevo como para jugarse la vida. Y yo, ¿cómo estoy hoy? Esta podría ser una actitud de lectura y de escucha de la Palabra para que no sea un ritualismo vacío y obligado. En cada acto de este drama podemos ubicarnos al lado de los diversos personajes y tomar contacto con lo que ocurre en la escena pero también con lo que me ocurre a mí. Podemos tomar conciencia del conflicto que significó la muerte de Jesús para los primeros creyentes, y también, tomar conciencia de cómo vivo hoy las consecuencias de la fe encarnada en la vida cotidiana. Cada escena puede ser un espejo para reconocer nuestros propios movimientos del corazón y para dejarnos inspirar a un cambio, un crecimiento y maduración como creyentes en Jesús en esta hora de la historia.
Con Jesús ante Pilatos: la hora de la verdad (Mc 15, 1-20)
El silencio de Jesús ante la pregunta de Pilatos sobre qué es la verdad sigue resonando como signo de enorme libertad. Pilatos está en otro registro y su pregunta no parece honesta. De haberlo sido Jesús le hubiera contestado. Jesús había dicho su verdad cada vez que se sentó a la mesa con pecadores y prostitutas, cada vez que puso en el centro la vida de las personas antes que la Ley, cada vez liberó a los cansados y agobiados por el peso de una religión que había perdido el corazón. Esa pregunta irónica no busca honradamente la verdad que ya había sido vivida y proclamada. El significado del silencio lo expresa bien la afirmación de Margarita Porete, quemada en la hoguera en 1310 en la plaza de Paris: “la persona libre, si no quiere, no responde a quien no es de su linaje.”
Junto a Jesús en el camino hacia la cruz (Mc 15, 21-32)
En el camino al Calvario hay todo tipo de personas con origen cultural diverso y con situaciones de vida diferentes. Existen los que están por casualidad como Simón de Cirene (un lugar al norte de África) y se ven obligados a ayudarlo. Estaba la gente de Jerusalén y alrededores que fueron por las fiestas de la pascua, algunos curiosos, otros indiferentes. Muchos habrían sido sanados por Jesús pero ahora arrollados por la masa. Habrá habido, también, ese tipo de personas que simplemente miran sin comprometer el corazón manteniendo la distancia necesaria para no implicarse. Estaban, además, los verdugos de turno que hacían su trabajo con o sin adhesión interior. Entre todos ellos hay un personaje con el corazón abierto a comprender el misterio que ahí se estaba jugando. Es el centurión romano. Formaba parte del brazo armado del Imperio que dominaba la provincia de Palestina. Era por tanto, ejecutor y garante del orden del emperador. Sin embargo, se dio la libertad de sentir y pensar. Aún siendo extranjero y hombre del ejército, vestido con coraza y sosteniendo armas destinadas a herir y matar, pudo abrirse a nuevos sentidos, ablandar su corazón más allá de la armadura de la cultura y percibir el Misterio de Dios actuando en Jesús. Sus palabras emblemáticas, una verdadera confesión de fe, representan al mundo romano que se abre al evangelio. Había sido entrenado para reconocer en el emperador al hijo de Dios y para darle culto. Sin embargo, todo este poder imperial no endureció su conciencia por completo. Al reconocer en el crucificado al verdadero Hijo de Dios asiente a la revolución cultural que trae Jesús y su movimiento. El verdadero rostro y el poder de Dios se manifiesta en aquel que amó a los pobres y despreciados por el mundo.
Con las mujeres al pie de la cruz por fe y con amor (Mc 15, 33-41)
María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y Salomé son mujeres judías seguidoras de Jesús desde el tiempo en que él vivía y predicaba el Reino de Dios en Galilea. Ellas han comprendido y aceptado el mensaje. Saben que vivir las nuevas relaciones de justicia y de amor a las que Jesús invita trae conflictos y consecuencias. Por eso, tal vez, no se apartan del camino y están con él hasta el final. Este grupo de tres mujeres con nombre propio son las más allegadas y se destacan en la memoria que hace Marcos porque habrían tenido un protagonismo importante en las comunidades. Pero no están solas, hay muchas otras que también siguen a Jesús desde Galilea. Han ejercitado la capacidad de vivir intensamente y por eso son testigos clave en los momentos más duros manteniendo la continuidad después de la muerte. Las encontramos yendo a la tumba a honrar a Jesús para embalsamar su cuerpo, una tarea ritual ancestral a cargo de las mujeres. La presencia de ellas en cada etapa del camino de Jesús, desde el inicio hasta su muerte, al pie de la cruz y en el sepulcro vacío es un hilo de continuidad de fe y amor que llega hasta hoy. Gracias a ellas la memoria de Jesús está viva en cada comunidad creyente.
Con María Magdalena, María la de José y José de Arimatea en la tumba (Mc 15, 42-47)
Los rituales de entierro en la antigüedad eran importantes porque ahí se jugaba la identidad, la pertenencia y la memoria del muerto. Había que definir de quién era el cuerpo, a quién pertenecía y quien honraría su memoria para que no quedara en el olvido. Cuando todos habían desaparecido solo estos tres personajes llenaron la ausencia de los demás discípulos y amigos. Cada uno de los detalles que se narran en esta escena son importantes. José de Arimatea, un judío que esperaba el Reino de Dios, hizo el honor de recuperar el cuerpo de Jesús, conseguir una mortaja y un lugar para que fuera enterrado dignamente. Las mujeres vigilaron cuidadosamente los procedimientos. Teniendo en cuenta que no se trataba de cualquier muerto sino de alguien ejecutado y deshonrado como un malhechor, y que por eso pertenecía al estado, las acciones de José y las mujeres para recuperar el cuerpo y hacer los ritos funerarios de la piedad judía fueron tan importantes para la memoria y la identidad de Jesús después de su muerte y para la apertura a al sentido último de su vida. La apertura permanente y amorosa de las mujeres cercanas a Jesús será la puerta para la manifestación más definitiva de nuestra fe: él está vivo en medio nuestro.

Hna. Graciela Dibo Op
Licenciada en Biblia