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Misión de Semana Santa en La Soledad

Un año más, el voluntariado del Colegio Santa Rosa compartió la Semana Santa con la comunidad de La Soledad (Burruyacu, Tucumán). Florencia Altieri, ex alumna y voluntaria del equipo, relata cómo se vivió esta experiencia.

«La misión de Semana Santa de este año  fue la primera misión que me tocó vivir como egresada del colegio. Ya hace 5 años que voy al pueblo de La Soledad y vivirlo de esa manera te hace recordar todo el proceso que hicimos, juntos con el pueblo, y también por separado, la gente de la Soledad y nosotros como comunidad. Es el ver a los chicos que ya no son tan chicos, el sentirse uno con más responsabilidades, y también entender que los vínculos que se fueron dando son mucho más fuertes.

Esta misión pude compartir mucho con la gente en las visitas, que no veía hace bastante y que te llena de alegría el reencuentro. También de celebrar juntos los momentos litúrgicos de los días que fueron muy importantes, como la Última Cena de Jesús con sus discípulos, el lavatorio de los pies, el Vía Crucis, la Adoración a la Cruz. Sin embargo, creo que esta misión fue especial para mí porque me dio otra mirada a algo que vivo desde hace 5 años y, por eso, uno de los momentos clave de la misión para mí fue nuestra formación del día jueves. Ese día analizamos una canción y le dimos sentido con nuestra misión y también con el pueblo de La Soledad. Y a partir de eso pensamos que nuestra misión no se trata sólo de satisfacer una necesidad, sino que va más allá y siempre lo hizo. Se trata de formar vínculos tan fuertes que no los rompen ni la distancia ni el tiempo que pase hasta volvernos a ver. Se trata de darnos cuenta que debemos “dar vida al dolor” como dice la canción, es decir, hacerlo visible, aceptarlo y hacer algo con eso, y que se vuelva un motor que nos mueva a seguir yendo, a seguir actuando, a seguir dando mucho de nosotros mismos. Se trata de predicar el evangelio de Jesús no sólo en la misma predicación sino en nuestro accionar, en nuestra vida, en cada una de las actividades que hacemos con la gente, en cada charla, en cada mate y guitarreada compartidos. Se trata de hacernos humanos juntos, de darnos humanidad y hacernos felices. Pero siempre juntos, compartidos, en comunidad, porque de eso se trata.

Y luego de tantos años el pueblo me sigue transmitiendo lo mismo que desde el primer día: la calidez, la hospitalidad, el recibimiento. Pero ahora no sólo me alegro por ver a los niños crecer y agradecerle a Dios por permitirnos volver a vernos, sino también me quedo con la preocupación de que siempre falta algo más por hacer y esa es una verdadera motivación para seguir apostando a este proyecto cada día más.»

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