Vocaciones Dominicas

La Vida como Vocación


Vivir la vocación cristiana implica, en definitiva, entregarse confiadamente a la iniciativa de Dios,

responder a ese don de amor que nos capacita para ser nosotros mismos y realizarnos en unión con Él.

Dios es aquel que «requiere mi libertad para que el mundo sea, para que el otro sea, para que yo sea.

Dios convoca mi libertad para crear el mundo». 

Vivir la vida como vocación implica vivirla en el seguimiento de Cristo,

dejándose transformar por él, tener los mismos sentimientos que Él.

Somos Llamadas…

La vocación humana es el llamado interior que cada uno de nosotros recibe para desarrollar nuestras propias potencialidades; no se limita a la vocación profesional, aunque la incluye.

Cada uno de nosotros tiene una vocación única e irrepetible: ser nosotros mismos, y esto nos compromete con nuestra esencia, con el prójimo, con el mundo y con la trascendencia. Es la unión entre lo que es mi fe y mi vida; lo que quiero, mis intereses, mis habilidades, los mandatos familiares y las posibilidades que ofrece el contexto social en el que vivimos. No es algo rápido, es un proceso al que tenemos que dedicarle tiempo, voluntad e interés. Es algo que se va construyendo día a día y en esta construcción es imprescindible saber con qué cuento: herramientas, soportes, certezas

Algunos de esos soportes son:

Autoconocimiento: quién soy, que deseo, mi historia personal con sus luces y sus sombras.

Las motivaciones, razones, fundamentos, deseos; esto me ayudará a clarificar el camino, a sincerarme conmigo misma para poder hacer pasos y elecciones libres y convincentes.

La experiencia y búsqueda de Dios: desde nuestra condición de creyentes y bautizados, todos creemos en Dios aunque no necesariamente todos buscamos permanentemente a Dios, o no lo buscamos de una manera particular. ¿Por qué buscamos a Dios? Porque queremos ser felices y porque creemos que por ahí están las respuestas. Para buscar a Dios hay que dejar un poco de buscarse a sí mismo

¿Y por qué seguir a Jesús?

Porque en su Palabra, en la experiencia de encuentro con Él hemos encontrado consuelo y sanación. Cuando nos sentimos mirados, tenidos en cuenta, amados por alguien, deseamos estar siempre con esa persona. Jesús nos mira y nos llama por nuestro nombre y en el corazón nos brota la alegría “sentimos arder nuestro corazón”; nuestra respuesta es la fe; Dios nos hace entrar en su descanso y nos pide descansar en Él, a llenarnos de su calor y su ternura. Estamos llamados a llevar la sonrisa de Dios y la fraternidad es el primer y más creíble Evangelio que podemos narrar, signo de esto es la alegría y la alegría nace de la gratuidad del encuentro.

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