Adentrándonos en la Palabra

Domingo 24 de Noviembre 2019

Solemnidad de Cristo Rey

Su reinado dista mucho de cómo nosotros ejercemos el poder; su poder no genera grieta ni divisiones, sino que une a partir del respeto y reconocimiento de los otros; su poder construye la reconciliación entre todos los seres creados, sin dejar a nadie afuera de su acción redentora; y su poder da vida a los otros…no es un poder que se “salva a sí mismo”, sino que ofrece una vida que permanece para siempre.

2 Samuel 5,1-3, Salmo 121, Colosenses 1,12-20 y Lucas 23,35-43.

El reconocimiento de Jesucristo como Rey del universo fue declarado por papa Pío XI quien le otorgó ese título en 1925. Ya en el Credo formulado en el concilio de Constantinopla en el año 381, afirmamos que Jesucristo “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, palabras en las que resuena el anuncio del ángel a María: “reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no ten­drá fin” (Lc 1,33). Por tanto, la institución de esta solemnidad anual por Pío XI no fue para concederle ese título al Señor Jesús sino para recordarnos a todos que él es el único que lo merece con toda plenitud, como Hijo de la misma naturaleza que el Padre y como Redentor de la humanidad e invitarnos a encarnar su tipo de realeza en nuestra vida.

Entonces, la pregunta que nos deberíamos hacer para profundizar nuestra reflexión en este día no es por qué Cristo es rey sino cuáles son los rasgos de este Rey único y definitivo. Estos rasgos lo iremos entresacando de las lecturas de este último domingo del año litúrgico.

En la primera lectura se nos relata el momento en que el rey David es ungido por los ancianos de Israel. Más allá de la persona de David, lo fundamental que quisiéramos rescatar en nuestra reflexión es que su reinado va a producir la unidad de todo el pueblo. Él ya venía gobernando hace 7 años sobre la tribu de Judá teniendo como capital Hebrón; en todo este tiempo no buscó ser el gobernante de todo el pueblo, incluyendo también a Israel (las tribus del norte). En esto podemos decir que no conspiró en contra del gobierno vigente, es decir contra el rey Saúl; solo se transformó en rey de todo el pueblo cuando vinieron por él los responsables de las otras tribus. Primer rasgo que destacan las lecturas de hoy en vistas a caracterizar el reinado del Señor… éste es un gobierno que genera esperanza al pueblo a partir del establecimiento de la unidad sin socavar la participación de los otros.

La segunda lectura nos presenta un texto tomado de la carta a los Colosenses, cuya parte principal es un himno cristológico en el que se alaba a Jesucristo glorificado como primado de toda la creación. En Él, nos dice el himno que recitamos, todo llega a la plenitud y todos somos reconciliados. Entonces la primacía de Cristo, es decir su lugar de primero en toda la creación, está caracterizada por el segundo rasgo del reinado que estamos reconociendo hoy en esta celebración… por medio de su reinado es pacificada y reconciliada toda la creación. Este rasgo de gobierno de Cristo, que lo alcanza por medio de su entrega en la cruz, no solo impacta y produce la reconciliación entre los seres humanos, sino toda la creación es receptiva de su obra redentora.

Por último, el evangelio de Lucas. Recordemos que la sección más extensa del evangelio lucano, el largo camino que Jesús recorre desde Galilea hasta Jerusalén acompañado de sus discípulos, nos transmitió las enseñanzas sobre “lo que había de suceder en la ciudad-Jerusalén”; estas instrucciones a sus compañeros encuentran su final sobre la cruz. Y es en la cruz donde el relato de hoy quiere encontrar los rasgos más sobresalientes del reinado de Cristo. Veamos.

En dos momentos se aplica a Jesús el título de “rey de los judíos” y una vez se habla de su “reino”. Pareciera ser que se considera a Jesús Rey cuando está crucificado (su trono es la cruz). A partir de las primeras palabras del texto se va a repetir por tres veces la posibilidad que tiene Jesús de “salvarse a sí mismo”: lo dicen el pueblo, los soldados y uno de los malhechores que está siendo crucificado con Él. Estas tres insinuaciones hacen eco a las tentaciones que vivió Jesús en el desierto; allí tampoco Jesús no “se salva a sí mismo” sino que se entrega a la acción de Dios, no exigiendo nada de parte de Él. El rasgo que podemos encontrar en la obra lucana es la de un rey que ejerce su poder como un servicio por la vida de los otros; ante la insistencia de que “él podía librarse de la muerte”, Jesús opta por la vida del otro que está a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Acepta la cruz porque de este modo puede salvar a otros para siempre.

Celebremos el cierre de este año litúrgico centrando la mirada en Jesucristo como rey de toda la creación. Su reinado dista mucho de cómo nosotros ejercemos el poder; su poder no genera grieta ni divisiones, sino que une a partir del respeto y reconocimiento de los otros; su poder construye la reconciliación entre todos los seres creados, sin dejar a nadie afuera de su acción redentora; y su poder da vida a los otros…no es un poder que se “salva a sí mismo”, sino que ofrece una vida que permanece para siempre.