Adentrándonos en la Palabra

Domingo 5 de Enero 2019

II Domingo de Navidad

El Señor quiere habitar en nuestra historia… Dios quiere ser reconocido en la humanidad. Es muy significativo que nuestros hermanos judíos hablen de la presencia de Dios con el término sekinahque. Significa no solo habitar sino “estar plantado” con raíz en medio de la humanidad.

Eclesiástico 24,1-2.8-12; Salmo 147; Efesios 1,3-6.15-18 y Juan 1,1-18

En este segundo domingo del tiempo de Navidad la liturgia de la palabra nos invita a poner nuestra mirada en la presencia del Señor en medio de su pueblo… de nuestra historia. Podríamos decir que en este año que estamos reflexionando las lecturas del ciclo A, los textos no dejan de comunicar la hermosa certeza de Dios en medio nuestro, del Emmanuel. Veamos que claves nuevas podemos reconocer hoy.

Lo primero que salta a nuestros oídos luego de escuchar las lecturas es la insistencia en el verbo morar-poner la tienda. Esta palabra que caracteriza el obrar de la Palabra de Dios en el evangelio de Juan es skenóō que puede traducirse como «habitar en carpas» o «plantar una carpa». Lo que está de trasfondo es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo cuando el Señor puso su carpa en medio del pueblo que caminaba en el desierto… sea que esté detenido o marchando siempre la carpa del encuentro estaba en medio. Tanto Juan como la primera lectura hablan de poner la morada en medio de un pueblo concreto, con su historia, sus lugares, sus vulnerabilidades (expresamente el evangelio habla de rechazo) como así también todo aquello que es bueno y justo. Todo eso quiere ser habitado por el Señor… Dios quiere ser reconocido en la humanidad. Es muy significativo que nuestros hermanos judíos hablen de la presencia de Dios con el término sekinahque significa no solo habitar sino “estar plantado”… con raíz en medio de la humanidad.

Lo segundo que podemos reflexionar en este día son los frutos de esa presencia. Las dos lecturas que estamos reflexionando nos dicen que ese habitar nos trae luz y sabiduría. Creemos que una forma de discernir la presencia de Dios en medio nuestro es preguntarnos si somos personas que trasmitimos luz y claridad en nuestros actos; o más bien somos seres oscuros que nos manejamos desde el anonimato y la falsedad. Por otro lado, podemos cuestionarnos si nuestras opciones nacen desde una actitud sabia. En la Biblia la sabiduría siempre surge de la contemplación de la realidad y desde una mirada que sabe ver más allá. El sabio es aquel que fundamenta su vida en una actitud de espera y silencio, a partir del cual genera cosas nuevas, proyectos liberadores y gestos que recrean los distintos escenarios. Es por eso que la Sabiduría en la primera lectura habla de su capacidad creadora.

Por último los invitamos a ver los frutos de esa presencia. Hay dos imágenes muy sugerentes en los textos de hoy. El Salmo 147 habla que la paz del Señor nos sacia de “flor de harina”. Todos sabemos que el trigo no tiene flor…pero lo más preciado que tiene es su fruto, las espigas. No hay bendición más grande que el pan que nace de la “flor de harina” para descubrir la presencia de Dios en medio nuestro. Él elije permanecer en medio de la historia a partir de un pan partido para la vida del mundo: la eucaristía; pero también se compadece de aquellos que están como ovejas sin pastor, y reparte el pan bendecido para que todos puedan tener un sitio en la mesa.

La otra imagen está en el evangelio. Juan nos dice que al recibirlo se nos concede “gracia sobre gracia”… “somos llevados a la plenitud”. Recibamos su presencia que nos hace mejores personas y comprometidas a compartir el pan con los demás. Dios quiere no solo estar en medio nuestro, sino desea estar arraigado a nuestra vida… plantado en nuestra historia. Abramos pues nuestro corazón a su venida.