Adentrándonos en la Palabra

Domingo 6 de octubre 2019

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Habacuc 1, 2-3. 2, 2-4, Salmo 94, Timoteo 1,6-8.13-14 y Lucas 11, 5-10

A pesar de las dificultades que comporta el perdón entre los hermanos, es posible perdonar, porque la fe consigue realizar lo que parece imposible. Sin la fe, la relación rota no se restaura y la comunidad que Jesús desea no se realiza. Nuestra fe debe llevarnos al punto de ser capaces de arrancar de dentro de nosotros la montaña de prejuicios hacia nuestros hermanos y lanzarlos al mar.

Nuestro evangelio de hoy comienza con la petición de los apóstoles a Jesús que les aumente su fe. Pero esta intervención no podemos leerla sin tener en cuenta los primeros cuatro versículos del capítulo 17. Veamos…

Los discípulos se dan cuenta de que no es fácil comportarse como Jesús pide de ellos: la atención hacia los pequeños (Lc 17, 1-2) y el perdón, hasta siete veces en el día, hacia los hermanos y hermanas más débiles de la comunidad (Lc 17, 3-4). ¡Y esto con mucha fe! No solamente fe en Dios, sino también en las posibilidades de recuperar al hermano o hermana. Por esto, van a Jesús y le piden: “Aumenta nuestra fe”. Vivir con una fe grande como un grano de mostaza:

Jesús responde: “Si tuvieran una fe tanto como un grano de mostaza, habrían dicho a esta morera: “¡Arráncate y plántate en el mar!”. Esta afirmación de Jesús suscita tres claves en el texto que ayudan a los discípulos a continuar su camino de formación en esta subida a Jerusalén.

Lo primero que surge es la siguiente pregunta: ¿Jesús quiere insinuar que los apóstoles no tienen la fe tan grande como un grano de mostaza? La comparación usada por Jesús es fuerte e insinuante. Un grano de mostaza es muy pequeño, tanto como la pequeñez de los discípulos. Pero por medio de la fe, pueden llegar a ser fuertes, más fuerte que la montaña o el mar. O sea, a pesar de las dificultades que comporta el perdón entre los hermanos, esta es posible, porque la fe consigue realizar lo que parecía imposible. Sin la fe, la relación rota no se restaura y la comunidad que Jesús desea no se realiza. Nuestra fe debe llevarnos al punto de ser capaces de arrancar de dentro de nosotros la montaña de prejuicios hacia nuestros hermanos y lanzarlos al mar.

Desde esta primera clave se entiende las palabras del profeta Habacuc. El profeta debe superar una serie de obstáculos en su camino de fe. Primero se cuestiona por qué Dios no interviene contra las injusticias eliminando el mal. La respuesta de Dios es que Él interviene cuándo y cómo quiere. Esto suscita un nuevo interrogante: ¿es justo que el castigo abarque a buenos y malos sin distinción? La respuesta de Dios es tan importante que se debe escribir para poder verificarla después: “el inocente, por su fe, vivirá”. Así, el Señor es la única fuente de fortaleza y de confianza, a pesar de las circunstancias históricas. Tal vez su mejor mensaje no se encuentre en el contenido sino en su actitud vital de diálogo con Dios.

Más adelante Lucas nos presenta una segunda clave: Jesús dice cómo debemos cumplir los deberes para con la comunidad. Para enseñar que en la vida de la comunidad todos deben ser virtuosos y olvidados de sí mismos, Jesús se sirve del ejemplo del esclavo. En aquel tiempo un esclavo no podía merecer nada. El patrón, severo y exigente, le pedía sólo el servicio. No era costumbre dar las gracias. Delante de Dios somos como el esclavo delante de su patrón. Como un esclavo delante de su señor, tampoco podemos nosotros ni debemos tener derechos ante los hermanos y hermanas de la comunidad.

Por último, la tercera clave de reflexión, Jesús concretiza este ejemplo en la vida de la comunidad. No debemos hacer las cosas para merecer el apoyo, la aprobación, la promoción o el elogio, sino simplemente para demostrar que pertenecemos a Dios. Aquí la clave está puesta no tanto el patrón que no da gracias, sino en el siervo dispuesto a servir y no sacar beneficio propio. Delante de Dios no merecemos nada. Todo lo que hemos recibido no lo merecemos. Vivimos gracias al amor gratuito de Dios.

Es por eso que el Salmo 94 nos invita, en cada una de sus estrofas, a dar gracias a Dios, a bendecirlo y a escuchar su voz para que nuestro corazón esté dispuesto a su gracia… ¡“No endurezcamos nuestro corazón”!