La Congregación

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“Feliz por haber creído” (Lc 1, 45).

Apertura-escucha-acogida

En María e Isabel acontece el silencio, se reconocen habitadas por la Palabra, e inician una conversación sagrada que empieza por la escucha: “apenas oí tu saludo el niño saltó de alegría en mi seno”.

Dos mujeres portadoras del misterio de vida, capaces de acoger, descubrir y bendecir el misterio que habitaba a la otra. Libres para alegrarse y celebrar la obra de Dios en cada una. Las dos atentas a la noticia del anuncio que viene de parte de Dios. Cada una aprende y recibe de la otra, cada una conduce a la otra más allá de sí misma.

La palabra escuchada posibilita un nacimiento que transforma sus vidas y las pone en camino. En este encuentro las dos mujeres reconocen cómo Dios se ha revelado en sus vidas como donación, y descubren que el único camino es la donación de sí mismas. Jesús es su plenitud y desean cuidar y compartir esa plenitud.

 

Encuentro-reconocimiento-respeto mutuo

Dos mujeres amigas con la presencia de Dios en medio de ellas, se animan mutuamente y eso les permite seguir adelante con más confianza y alegría, creen en la presencia sanadora y salvadora de Dios.

Lo que las convoca a María e Isabel es “el acto de creer”, de igual modo nosotras estamos invitadas a compartir la experiencia de confesar el don de Dios que colma nuestras vidas.

Esto nos impulsa a descubrir al otro como punto de encuentro y de partida constante, de movimientos hacia adentro y hacia fuera que siempre nos abren a la novedad, y nos animan a un crecimiento y construcción permanente.

“El cuidado y apoyo mutuo nos permitirá hacer frente a las incertidumbres que nos generan a veces las situaciones personales: crisis de sentido, búsqueda de nuevos sentidos, momentos de depresión, difíciles situaciones familiares, períodos de tensión entre el proyecto común y nuestros propios proyectos personales. Si logramos tener confianza en nuestras hermanas y junto a ellas discernir la voluntad de Dios, podremos caminar con más seguridad y tener una visión más amplia que nos permita superar nuestras propias miopías. Porque aunque hagamos muchos discernimientos, estudiemos y reflexionemos, e incluso recemos, pero si no somos capaces de dar el paso de tener confianza en las hermanas para expresar lo que realmente nos está pasando, nuestros discernimientos serán truncos. Lograr honestidad y caridad en nuestras palabras, se torna cada vez más imprescindible para lograr un verdadero diálogo y encuentro entre nosotras”. [1]

Obediencia de fe a la Palabra discernida en comunidad

El ministerio de la palabra que asumimos en nuestra vida consagrada nos impulsa a compartir nuestro mayor tesoro, la Palabra – hecha carne [2]. Este encuentro de María e Isabel nos inspira a reafirmar algunas claves fundamentales que sostienen nuestra vocación y dan sentido a nuestra vida.

Necesitamos acompañantes para recorrer la vida del espíritu, para ir haciendo nacer otros caminos, para poder reconocer los nuevos movimientos del Espíritu. Para esto hemos de morir a aquello con lo que estamos excesivamente identificadas y que nos priva de esa apertura a la novedad de Dios y a la de los hermanos.

En la escucha atenta renovamos la obediencia, somos obedientes a la palabra de Dios que nos hace salir de nosotras mismas y descubrimos la confianza en la mediación de la comunidad, como elección de un modo de vida para seguir a Jesús que es camino, verdad y vida.

En este encuentro entre las dos mujeres, descubrimos un diálogo fecundo que da la fuerza para predicar, la fraternidad que reconforta y da descanso y que somos sostenidas por el amor de Dios y a Dios. En nuestros encuentros cotidianos, alimentamos la oración, afirmamos nuestra propia vocación y confianza en Dios.

“Por la profesión nos entregamos públicamente a Dios en una comunidad eclesial: la Congregación. Hacemos nuestro su proyecto de vida dominicano. Por libre elección y “por un pacto mutuo confiado a Dios” (Regla de San Basilio) que implica para toda la vida obligaciones y solidaridades, nos vinculamos a la Congregación. Por nuestra participación activa nos comprometemos en hacerla crecer en fidelidad al Evangelio. Vivimos este mutuo reconocimiento del don recibido, dentro del espíritu de la alianza, bajo el signo de la misericordia de Dios y la de nuestras hermanas” (Const. 72).

Creemos firmemente que la vida en comunidad y la pertenencia al cuerpo congregacional son un espacio de conversión y de crecimiento personal desde la apertura al otro, la vivencia mutua de la misericordia y de la construcción del proyecto común de predicación.

Confesamos nuestra necesidad de vivir en comunidad porque nos reconocemos mendicantes de encuentro, diálogo y escucha atenta, de conversaciones que transformen nuestras vidas y de comunión.

Abiertas a la nueva vida

Isabel es capaz de ver la nueva vida y la novedad que trae María y esta a su vez reconoce en su prima la sabiduría, la perseverancia y la fe para creer lo imposible.    Reconocemos en la anciana Isabel, la capacidad de liberar la voz de las nuevas generaciones que buscan sentido a sus vidas.

Nos encontramos con dos mujeres con palabras de acción de gracias, profecía y alabanza a Dios, que encarnan y proclaman su misericordia. Llenas del Espíritu interpretan la palabra de Dios, con claridad manifiestan alegría por lo que Dios ha hecho en ellas, advierten sobre el futuro y llenan de esperanza la vida de los pobres proclamando la misericordia de Dios.

Inspiradas en estas dos mujeres descubrimos nuevamente que Dios nos invita en este mundo a proclamar palabras de misericordia en la verdad y ser solidarias entre nosotras para que nuestra predicación sea creíble.

[1] Memoria del Equipo de Gobierno de la Congregación, 2014-2018, p. 10.

[2] Actas Capítulo de la Orden de Predicadores, Prólogo, Bolonia, 2016, Nº58