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«Ritualitos» del cerro

Trinidad Buffo comparte su testimonio de la visita a las comunidades de alta montaña de Tucumán, realizada a principios de agosto.

«La subida a caballo, la visita a la gente, ponerse al día entre mate y pan… y cuando llega la noche fría sentarse a contemplar el fuego, conversar mientras se cocina, y después de comer mirar al cielo, que si está despejado es una explosión de luces. Ritualitos de cada vez que vamos al cerro. Pero no se repiten, se renuevan. Cada vez, ir a Chasquivil, Anfama, Ancajuli, Lote 3, La Hoyada o donde fuere, es algo nuevo.

Esta última vez pude ir a Ancajuli y Lote 3. Largo camino, en tractor y a caballo. Nos recibieron como siempre con alegría y una enorme disposición. En esta fecha la comunidad celebra la fiesta de San Cayetano, así que la celebración fue oportunidad de conocer más gente, preparar empanadas, y peregrinar, que por más que personalmente no me gustan las procesiones, allá me hacen ser parte, las siento como una tradición que no es ajena, siento un caminar acompañado.

Experimenté eso que considero un tesoro de las misiones de Alta Montaña: el encuentro. Un encuentro con algo que creo está en nuestras venas, en nuestras raíces. En la tierra, en el aire, en el silencio que me deja escuchar la música, de los ríos, el viento y las hojas que crujen al ser pisadas. Algo que encuentro en la simpleza y en lo cotidiano. El tiempo que no corre, la preocupación que no atormenta, mis ojos que no me miran a mí.

Pero es algo que no encuentro si no me hacen encontrarlo. Y eso solo puedo verlo en la comunidad, en cada persona que cruzamos, en las reuniones con las distintas familias, en las comidas compartidas, en los que charlan mucho y en los que de timidez callan, en la entrega de los que nos reciben. Es el encuentro con ellos que me lleva al encuentro con el paisaje que me lleva al encuentro conmigo misma.

Cada vez que vuelvo a la ciudad me pregunto si será siempre necesario irme lejos para encontrar eso, esperando que la respuesta sea poder hacerlo independientemente del tiempo y el espacio, pero por otro lado me gusta seguir pensando que el cerro tiene eso especial que forma parte de mi, parte de todos, y que por ello sigo yendo, para volver a ser, para recordar cómo vive quien está “aislado“, quien no tiene las mismas posibilidades, y recordarme que no se trata solo de mí. Para que mi accionar no deje de orientarse al otro, a reavivar ese sentido de comunidad, de verdadera comunidad, que a veces asocio a ese pasado, a nuestra historia, a la de los pueblos originarios, a los cuales siento acercarme cuando voy al cerro.»

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